Que cada cierto tiempo la industria cinematográfica, casi con exclusividad estadounidense, anuncie a bombo y platillo, y con un despliegue de marketing que a veces llega e empachar, el redescubrimiento de un superhéroe no es nada nuevo. De hecho es vertiginoso el ritmo de adaptaciones del cómic que se realizan. Desde que Christopher Reeve se enfundó la capa de Superman, allá por 1978, han hecho saltar a los paladines de la justicia del papel al fotograma demasiadas veces y con resultados desiguales.
Es evidente que desde los años noventa vivimos y a veces sufrimos en nuestras carnes este ‘boom’ fundamentalmente comercial. Al parecer, la rentabilidad y la ganancia de todas estas superproducciones no sólo provienen de la película. Cuando se trata de sacar rendimiento, ahora no basta con que el público abarrote las salas, si no que se pretende que el producto retroalimente industrias y saque pingües beneficios. El superhéroe se convierte en una marca comercial que amamanta a sectores no sólo del mundo del cine o del cómic, también del videojuego, de la televisión y del merchandising.
Es evidente que desde los años noventa vivimos y a veces sufrimos en nuestras carnes este ‘boom’ fundamentalmente comercial. Al parecer, la rentabilidad y la ganancia de todas estas superproducciones no sólo provienen de la película. Cuando se trata de sacar rendimiento, ahora no basta con que el público abarrote las salas, si no que se pretende que el producto retroalimente industrias y saque pingües beneficios. El superhéroe se convierte en una marca comercial que amamanta a sectores no sólo del mundo del cine o del cómic, también del videojuego, de la televisión y del merchandising.

